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LA TIERRA PROMETIDA DE CALVO
Palabras de presentación de la exposición Instintos del MontePor Eusebio Leal Spengler
Historiador de la Ciudad
3 de Diciembre 2004
Es sumamente grato poder en el día de hoy, realizar la apertura oficial de esta preciosa muestra que bajo el titulo Instintos del Monte reúne una selección muy preciosa de su obra.
Quisiera también decirles la intensa emoción que nos causa en la soledad de esas horas cuando todavía no se había realizado el acto inaugural de no solamente ver, sino de penetrar en el universo secreto y misterioso de su trabajo. En el indudable preciosismo de su obra como artista en el sentido mas exacto y mas profundo de la palabra.
Precioso no solamente en la forma sino en el fondo, precioso en la búsqueda de ese retrato verdadero de lo que somos o fuimos tras el cual la humanidad vaga desde el paraíso que tuviese en Palestina o en África hasta hoy, y esa búsqueda de lo real y de lo exacto pasa por nuestra conciencia actual de que ninguna explicación de lo cubano será nunca cierta si prescinde equivocadamente de verse cara a cara con el mundo africano, quiere decir también con el mundo cubano, esa explicación de la realidad no viene solo de un llamado de la sangre, sino de una apelación intensa de la cultura, por que esa cultura desde el momento en que el país se convirtió también en la tierra de otros y no solamente de los padres iniciales, los indígenas que desde isla en isla descendieron desde el Amazonas sobre las cuencas del Amazonas y el Orinoco hasta las antillas mayores y se detuvieron aquí ante la inmensidad del golfo. Fue otra, cuando las naves dejaron en la costa a los sobrevivientes africanos del tránsito atlántico, mucho decía José Luciano Franco uno de los olvidados historiadores cubanos, que corrieron infinitamente liberados ya del yugo material creyendo que hacia el poniente se encontraría una vez mas el continente, ignoraban el mar que nos une , que nos separa y que hace del archipiélago una isla no solamente en lo geográfico sino también como bastión y valuarte de sueño y digo archipiélago hoy con peso por que él es de la otra isla de la que nos otorgaría el derecho de considerarnos islas y no una sola, Cuba.
Lo que ocurre es que la cubanía lo abarca todo, todos esos peñones e islotes aun la isla de San Juan Evangelista, La Isla de Pinos, La Isla del Tesoro, la Isla de la juventud de la cual el es un exponente.
En su maravillosa cura Argel Calcines con bellas palabras dice lo que ha significado precisamente la Isla para el, donde la gente no envejece
¿Qué es la vejez? Empezamos a sentir sus asechanzas donde faltan fuerzas para grandes empeños ¿Y cuando se es joven? Cuando se tiene capacidad de amar y de ver, entonces no importa el paso de los años, había que recordar a Juan Ramón Jiménez cuando evocando a su madre le dice –
Los años, como las olas del mar parecen que te mudan, pero siempre resultan igual al paso de mi alma y aunque ese retrato que evoque en mis primeras palabras que no es ya el espejo de Narciso, estamos hoy en esta preciosa muestra de pintura, donde lo africano con todo el peso deslumbrante de su dignidad se presenta ante nosotros, se presento ante mi cuando Boni de Ife llego a Cuba y vino a la Habana Vieja y se reunió en la casa de África con los representantes de la comunidad Africana descendiente de los Tatas y de los Gobbas de Nigeria que tuvieron su reunión en aquel lugar venia también el director , el rector magnifico de la universidad de Ife , cuando escucho hablar en voces de plegarias a los orichas cubanos , a los mismos que Pier de Ger había descubierto durante su viaje a Cuba hace casi de medio siglo, a los mismos que Fernando Ortiz interrogo con dramática premura por su edad en la casa de L .
A los mismos que narraron en Matanzas junto a la gran laguna a Lidia Cabrera el misterio de su ascendencia cuando dijo-Vino el Onix y escucho el rector hablar a los ancianos, dijo estas voces vienen de lo mas profundo del continente.
Solamente le estudio etimológico de sus vocablos puede ser identificado, la poesía esta viva como si no hubiese existido el tiempo cuando termino su alocución lo ancianos fueron a besar la rodilla y el pie de Onix y se reconciliaron con su pasado.
Hasta que la liberación de los años 60 hizo nacer las nuevas naciones, nuestra adolescencia estuvo llena de los recuerdos de los nombres de los grandes héroes de la lucha africana, oímos hablar de niños de Onotenyata, ya más jóvenes de Secuturé, de Juan Negrura. De todos los que lucharon allá, cuando fueron los primeros marinos cubanos al África y llegaron nuestros primeros embajadores, muchos recibieron cauris, para que lo trajesen a sus descendientes en la Habana refugiados en Guanabacoa o en la bahía de Matanzas y cuando conversaba con el camafeo de ochosi, el gran personaje de las novelas de Jorge Amado en San Salvador de Bahía me recordaba que la mitad de la familia Bahiana estaba en la Habana y que estaba inmersa aquí en nuestra realidad, la vio Mesa en los valles del día de reyes en la plaza de San Francisco, la vio Miale en su espectacular grabado frente los jardines del Castillo de la Fuerza, pero sobre todo lo vieron dos grandes figuras, Fernando Ortiz y Lidia Cabrera, blancos ambos, demostraron que para descubrir el misterio no era una cuestión de raza ni de ascendencia racial y carnal sino que venían en otra sangre misteriosa e incolora que no era ni azul, ni blanca, ni roja era un lenguaje superior, así descubrimos en esta obra de Calvo el amor infinito, felices los que aman pues ellos verán en África o en cuba la tierra prometida.
Muchas Gracias
RAFAEL M. CALVO Y SUS INSTINTOS DEL MONTE
Por NANCY MOREJÓNPremio Nacional de Literatura 2001
El pintor Rafael M. Calvo lleva en su sensibilidad un camino que se bifurca en dos islas o, más bien, que ha querido situarse --por elección y por derecho propio-- en una suerte de balancín mecido entre una isla inmensa (Cuba) y una isla breve (Isla de la Juventud). En ese espacio prometedor --rodeado de ensueños por todas partes-- asoma su buena cabeza un arte tan original como conmovedor, tan fino como taciturno, pues lleva en su entraña aguas y máscaras lavadas, en un magistral juego de luces y sombras, asentadas todas en tierras que el artista junta para nosotros que venimos desde muy lejos, como su oficio ha declarado con tanta hermosura en esta muestra.
Instintos del monte es un surtidor de espíritus ancestrales, de fuerzas telúricas, invocadas a través de un pincel y un carboncillo, que recrean un ánimo de bronce, como nuestro carácter, volcado hacia el hallazgo de nuevas formas cuyo emblema es cantar a la liberación más natural de los componentes integradores de la cultura cubana. Este pintor, en su comunión con lo cotidiano de su isla breve, anduvo entre estudiantes africanos y sus rostros lo acompañan, desde entonces, con la misma eficacia con que los cubistas del siglo pasado se detuvieron ante el ejemplo enriquecedor de las esculturas bambaras cuya existencia misma cambió los rumbos del arte europeo para siempre.
Algo ha sucedido. Algo acaba de nacer como quien se lanza a un mar de identidades en recogimiento absoluto. Estas obras subyugan el ojo del espectador que salta de gozo ante tanto maravilloso misterio entre figuración y motivos que alientan en el sosiego que el pintor ha conseguido encontrar para su mundo interior y para el nuestro. Es intransferible el horizonte que va saliendo de estos instintos, de este monte callado, sereno, pleno de signos que nos envuelven en su mágico rumor comunicativo. Esta muestra reclama atención demorada de quien la contempla por placer o por disciplina. Ante ella, hay que detenerse y disfrutar su regalo de cubanía y opacidad; su tierno acabado material; su cercanía, su lejanía, en fin, su espléndida naturaleza. El porvenir fijará temas y nos confirmará la excelente factura de esta obra que ya se expresa en su justo lugar que será el de un favorito. Lector, no demores tu visita a esta experiencia que te aseguro no podrás olvidar.
Mensaje de solidaridad humana e igualdad racial
Por Eusebio Leal SpenglerHistoriador de la Ciudad
Nota aparecida en el catálogo de la exposición Instintos del Monte
Gracias a la obra de este joven artista cubano, podemos trasladarnos a esa latitud del mundo, desde donde llego hasta nosotros una legión de etnias, dialectos, costumbres y cultos; en fin, una vasta humanidad africana volcada sobre el Caribe, transformado en una nueva Caldea, en un nuevo Mediterráneo, donde se mezclaron culturas y civilizaciones, y en la obligada pila bautismal, los nombres de Pedro, Juan Antonio o Bartolomé se fusionaron con los apellidos Fula Mandinga, Congo, Carabalí…
Con su arte noble, de resonancias místicas, Rafael M. Calvo se apropia de las mascaras y otros símbolos ancestrales para enviar un mensaje de solidaridad humana e igualdad racial.
Y es que en su terruño natal, la Isla de la juventud, tal vez como en ninguna otra parte del mundo, se cumpla el apotegma martiano:
¨ Hombre es mas que blanco, más que mulato, más que negro…¨
INSTINTOS DEL MONTE
Por Argel CalcinesEditor General de Opus Habana
Oriundo de la pequeña isla donde nadie envejece, tiene Rafael Calvo (Klvo) su mente todavía llena de ideas discordantes, de sueños que lo llevan -una y otra vez- a buscar la sabiduría en el continente donde nació la especie humana.
Había pensado desde niño en esa gran aventura, «en descubrir lo verdadero -según sus propias palabras-, pero pensaba en todo eso cuando ya no había más remedio: ellos llegaron primero…» Miles de adolescentes negros cruzaron el océano a partir de 1977 y, como si se hubiera cumplido un designio, África emergió ante sus ojos como parte de aquella islita cubana.
No necesitó entonces el joven artista cruzar el Atlántico para viajar por Angola, Mozambique, Namibia, Etiopía, Congo, República de Guinea, Guinea Ecuatorial, Guinea Bissau, Guinea Conakry, Sudáfrica, Cabo Verde, Ghana, Benin, Malí, Lesotho, Sudán, Zimbabwe, Burkina Faso, Uganda, Burundi, Madagascar, Sierra Leona, Níger…
Bastó que invocara al Che Guevara y, cámara fotográfica en mano, recorriera las escuelas internacionalistas de su natal Isla de la Juventud con un objetivo primordial tras el lente: captar cómo cada una de las naciones africanas allí representadas mantenía sus señas de identidad, cuyas notables diferencias entre sí pasarían desapercibidas hasta para un observador medianamente avezado.
Como un elegido de los dioses, Klvo tuvo el privilegio de apreciar -en estado puro- la reproducción de hábitos y costumbres de una antigüedad
insondable. Supuestamente «primitivas», esas manifestaciones se le revelaron como la adquisición de un saber colectivo primigenio, de un
imaginario imposible de borrar, como los queloides que perpetuaban las marcas tribales en la piel de sus fotografiados sudafricanos y sudaneses.
Y así, lo que en principio pudiera plantearse intelectualmente como una suerte de viaje a las remotas raíces de la afrocubanía -según la definición de Fernando Ortiz-, se convirtió a fin de cuentas en una experiencia mucho más compleja que remitía a una profundidad misteriosa, traducida en signos, imágenes, reflejos de otro mundo…
«Surcados», no en balde, fue el título de esa investigación fotográfica, con la que se graduó en la Escuela Nacional de Arte en 1990. Como resultado, había incorporado más de 500 retratos a la galería mundial de la especie humana en una suerte de diálogo visual con esas marcas y surcos faciales, con los peinados tejidos de las sonrientes muchachas burkinesas…, además de otros códigos ancestrales como adornos corporales y demás utensilios domésticos.
He debido partir obligatoriamente de ese precedente para poder explicar el significado de «Instintos del monte», una serie con la que Klvo irrumpe ahora en el dinámico y heterogéneo panorama pictórico cubano con un estilo tan propio, que resulta imposible afiliarlo a tal o más cual tendencia.
Y es que más allá de la mera búsqueda etnológica -antropológica, si se quiere, también-, Klvo quedó signado para siempre por aquel contacto intercultural, por aquella experiencia humana irrepetible que le exigía otros correlatos estéticos para poder expresarla en toda su dimensión animista.
«¿Cómo transmutar la belleza de esos rostros surcados, cómo transmitir la fuerza de su misterio?... », debieron preguntarse durante estos años -a escondidas del propio creador- los múltiples artistas que conforman su ser autobiográfico: el fotógrafo, el grabador, el ceramista, el pintor… Y la respuesta llegó como por instinto, porque vino desde adentro, como susurrada al oído por un muganga (brujo) desde lo profundo del monte: «Pintando las Máscaras».
Vínculo entre lo terrenal y lo sobrenatural, puertas abiertas para que los ancestros se integren de nuevo en el grupo, algunas máscaras se usan cada vez que hay un deceso en el poblado… otras, sólo pasados cientos de años…
«Son los intercesseurs (intercesores) contra los espíritus desconocidos y amenazadores (…) armas para ayudar a la gente a no obedecer nunca más a los espíritus y ser independientes. Los espíritus, el inconsciente, la emoción, todo lo es lo mismo. Lo comprendí porque era pintor», expresó con júbilo -como si hubiera encontrado la piedra filosofal- Pablo Picasso a André Malraux tras visitar el Museo de Trocadero, hoy Museo del Hombre.
Y lo mismo entendió Klvo, pero sin tener que ir a París. Le bastó recorrer su islita natal, allí donde nadie envejece…
He tenido el privilegio de verlo inmerso en el proceso de creación cuando, esbozados previamente, esos fetiches van siendo dotados de energía por el pintor, una energía que transmiten sus dedos mediante el empleo tenaz del carboncillo hasta conseguir efectos que nos compelen a intuir y respetar lo oculto.
Todo sentimiento -desde el miedo hasta el gozo- es expresado por Klvo mediante un arte que, en el borde entre lo abstracto y lo figurativo, se torna deliberadamente oscuro para subrayarnos la profundidad del ser humano, el inconsciente, las emociones… los instintos del monte.
Y nunca olvidaré cuando, tras llegar a su casa-taller en medio de un apagón que recordaba la espesa noche de África, al hacerse de súbito la luz… ante mí apareció una gran máscara Dogón con la representación del Komondo…
¡Ojalá y ese pájaro mítico proteja a tan sabio creador con sus alas extendidas!






























